Desde el Desarrollo Sustentable a la Sustentabilidad Territorial

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Por Sebastián Ainzúa | Director ejecutivo | Fundación NODO SOCIAL

La sustentabilidad se instalado en la sociedad como un objetivo deseable de alcanzar. Hoy en día parece que imperativo ético que las cosas o acciones tienen que ser “verdes” o “eco”. Eso sin duda es un avance, porque se ha ido generando cierto consenso en torno la importancia del medio ambiente para la sustentación de la vida, de los vínculos sociales y también de las actividades económicas. Sin embargo, no siempre una idea se transforma en acción; en acción concreta. Entonces, lo sostenible se quedad solo en la buena intención, en la retórica, el marketing y las etiquetas.  

Ya han pasado más de 25 años desde el surgimiento del concepto de Desarrollo Sustentable y, no obstante, abundan las evidencias de que el planeta avanza rápidamente en procesos de degradación en los tres ejes del concepto (ambiente, economía y sociedad). Las pruebas irrefutables del cambio climático; los aumentos de la desigualdad, las crisis económicas recientes (junto a las que se pronostican a futuro) y la evidente pérdida de biodiversidad muestran que, pese a la abundante retórica, no hemos avanzado mucho en los pasos concretos de cambios de estilos de vida que consoliden patrones de producción y consumo acorde a las capacidades de la naturaleza y a las necesidades sociales.

Pese a lo manoseado del término, el problema del desarrollo sustentable no estaba, necesariamente, en el concepto, sin en la óptica de aplicación: Desde sus orígenes en el Informe Brundtland, el mentado término estaba proyectado como modelo de aplicación apropiado a escala local, traducida en la Agenda 21, que tenía un fuerte impulso hacia los gobiernos locales. Sin embargo, ese énfasis se fue perdiendo y el Desarrollo Sustentable fue utilizado posteriormente desde una perspectiva macro, convirtiéndolo en una herramienta de análisis general que conlleva intrínsecas contradicciones desde una perspectiva territorial. El peligro de la visión macro es que pierde los matices, las texturas: ley de los grandes números invisibiliza las diferencias e inequidades. Un ejemplo claro de ello es lo que ocurre en el ámbito de la generación eléctrica: Chile se ha convertido en un modelo a seguir, por su notable avance en la introducción de tecnologías renovables, las que han alcanzado alrededor del 19% del total de la generación. Este avance incluso ha superado las estimaciones de la ley que estipulaba alcanzar el 20% de ERNC hacia el 2025. Casi llegamos a dicha meta 7 años antes. Sin embargo, esa cifra oculta mucho de lo que ocurre con el otro 80%, una parte sustancial de la generación se realiza mediante combustibles fósiles, donde el carbón tiene un rol protagónico.

Es decir, avanzamos en sustentabilidad a nivel nacional, pero incumplimos a escala local. Para salir de esta contradicción se requiere tener una mirada sobre sustentabilidad que dé cuenta de los diversos procesos que se despliegan a nivel territorial.  

Ese marco, orientado a escala local es lo que llamamos Sustentabilidad Territorial. En lo central no es muy distinto a las distintas definiciones sobre sustentabilidad, justicia ambiental, desarrollo a escala humana, por nombrar solo algunas. La gran diferencia está en el sujeto –el actor (o actriz) que tiene voz política- y en la dimensión de las preocupaciones. La sustentabilidad territorial está basada en altos niveles de participación, horizontes de largo plazo y toma de decisiones en forma integrada, más que sectorialmente.

La sustentabilidad desde lo territorial contiene, al menos, los siguientes elementos de:

  1. Habitabilidad: No todo lo construido es, en cuanto tal, habitable. La habitabilidad pone énfasis en el cuidado. Eso incluye en el entorno y las condiciones propias de salud, calidad y confort de vida.
  2. Gobernabilidad: Entendida como todas las formas de coordinación de las acciones individuales, ya que éstas constituyen la génesis del ordenamiento social. Ello implica, el fortalecimiento de la cultura política, de la sociedad civil y de los mecanismos de decisiones.
  3. Democracia: Muy vinculado a lo anterior, pero específica en cuanto a la legitimidad de los mecanismos de toma de decisiones, los territorios deben que tender hacia modelos más activos de ejercicio de la voluntad.  
  4. Bienes comunes: La conservación y gestión de bienes comunes es un elemento clave de la sustentabilidad de los territorios, en cuanto a que pone énfasis en la gobernabilidad colectiva de los bienes y recursos de la comunidad.
  5. Equidad (entre personas y entre territorios): La desigualdad tiene un notorio componente territorial. Las sociedades han tendido a segmentarse territorialmente y a concentrar zonas geográficas homogéneas donde se reproducen las características socioculturales. Esto también es relevante en los casos de distribuciones de bienes y “males” ambientales. La inequidad tiene un efecto indeleble en términos de concentración de poder político, lo que obviamente repercute en las limitaciones de la política pública en términos de acciones para combatir las inequidades, los conflictos socio ambientales y la concentración económica y de poder. Adicionalmente, sociedades muy desiguales tienden a adolecer de los requisitos de democracia o gobernabilidad.

En resumen, la sustentabilidad territorial, pone énfasis en dimensiones locales de los mecanismos de tomas de decisiones y en los actores que las ejecutan. Esa descentralización implica, por cierto, una responsabilidad para todos los miembros de la comunidad y debe sustentarse en el fortalecimiento de la relación al interior de la comunidad y el vínculo con el entorno.  

Este enfoque implica, indudablemente, muchos retos que requieren un abordaje integral: Educación, innovación, autogestión, institucionalidad, acción colectiva, construcción de identidad, son algunos de los elementos que tenemos que fortalecer para lograr la transición desde el desarrollo sustentable a la sustentabilidad territorial.